Un jalisciense en la luna

Dos fueron las respuestas a mi cuento "Un jalisciense en la luna" que me gusta recordar. La primera, que me pareció una llamada anónima (después identifiqué su voz) me decía:

–Servando, te llamo desde Nuevo México. Estuve discutiendo aquí con varias personas el origen de Neil Armstrong y se rieron de mí cuando les dije que era del sur de Jalisco. Te llamo para que me digas qué fuentes consultaste, para que estas personas se enteren de la veracidad de la historia.

Después de escuchar varias veces la grabación y de recordar a quién conocía que podría llamarme desde Nuevo México (aparte de ser tan cándido como para creerse mi cuento) me percaté que se trataba de Enrique Ceballos, hijo del célebre don Caco Ceballos, dueño en vida de una tienda que vendía de todo en el centro mismo de Colima.

No contesté el llamado porque Enrique no me dejó su número (por fortuna mi grabadora no tenía tanta cinta, así que su grito de auxilio quedó trunco y el buen Enrique tuvo que vivir varios días escondiéndose y muriendo de la vergüenza, al tiempo de soportar las risas de sus allegados).

El mismo Enrique –el alunado quien, en su otra vida, estoy seguro, es amarranavajas– se vengó de mí a los pocos meses. Se enteró que el dueño de un periódico de Colima (de cuyo nombre no quiero acordarme) había escrito un libro sobre el mismo tema. El mismo periodista (¡Dios mío!, ¿cuándo dejarán de existir los ingenuos entre la "inteligencia" de esa ciudad?), tras leer mi cuento en un ejemplar de la extinta revista Tragaluz tomó el teléfono y me llamó a Hermosillo. El que sigue fue aproximadamente el diálogo.

–Señor Ortoll, le llama fulano de tal, de Colima.

–Dígame señor fulano.

–Fíjese que nuestro amigo Enrique Ceballos me pasó un ejemplar de la revista tapatía Tragaluz y ahí leí su artículo sobre el jalisciense en la luna.

–Ah, sí, le contesté. ¿Qué le pareció?

Yo sabía del periodista de marras desde que Alberto Isaac me contó la verdadera (e increíble) historia del jalisciense de Zapotiltic de Vadillo, cuyo nombre verdadero nunca logré recordar. Me encontraba tomando un café en su casa de Comala, con Julie su esposa a un lado, cuando se desató el diálogo siguiente (las palabras en cursivas son en realidad eufemismos de las que pronunció esa tarde Alberto, cuando un viento otoñal que bajaba del volcán con una suavidad balsámica agitaba las hojas de los ficus. Las pongo en cursivas porque no me atrevo a usar las que recuerdo, para no manchar la reputación del recordado Alberto):

–Fíjate que le conté una historia de emigrantes muy interesante a un periodista local. Se trata de un originario de Zapotiltic que se fue al norte a ganar dinero. Con el tiempo empezó a mandar parte de sus ganancias a su parroquia para que el cura reparara el atrio, los pisos, las aceras.

–Hmm, rezongué, sin encontrar todavía lo interesante de la historia.

–Pues resulta que, poco a poco, con el dinero que mandaba, el emigrante comenzó a tejer una historia...

> Primero dijo que iba a estudiar inglés. Luego que pensaba convertirse en piloto, y así hasta un día confesar que quería ser astronauta y que para eso se iba a cambiar el nombre: en lo sucesivo se llamaría Neil Amstrong.

–Guau, le dije, moviéndome en mi asiento y saboreando el café de San Antonio que tenía a la mano. ¡Esa sí que es una historia increíble!

–Pues lo que sigue tampoco lo vas a creer. Se la conté a fulano de tal y ¡el muy tonto fue a Zapoltitic a entrevistar a la gente! ¡En vez de escribir un cuento, o una novela, fue a hacer periodismo! ¡Estropeó la historia!

–Pensando que el tal fulano era un verdadero mentecato, le dije: "¡La verdad es que es una historia maravillosa!"

–¡Pues te la regalo!, fue su benévola respuesta. De ahí que le agradezca, al inicio de mi cuento (la que se encuentra aquí es ligeramente más amplia que la que publicó Tragaluz) el que me la hubiera conferido.

Vuelvo ahora a la segunda llamada telefónica que recibí en Hermosillo. Cuando le pregunté a fulano de tal qué le había parecido mi cuento, me contestó (lo que pongo en cursivas, salvo el título de su libro, es lo que él enfatizó):

–Pues mire, señor Ortoll, la verdad es que fui yo quien le pasé a Alberto Isaac la historia. Yo fui a Zapotiltic a entrevistar a la gente del pueblo, y le comenté a Alberto del asunto. A él le gustó tanto mi historia, que me hizo el dibujo para la portada de mi libro, Un mexicano en la luna (como "buen colimense" el mismo fulano jamás titularía su libro Un jalisciense en la luna: sería darle demasiado crédito a un originario de mi estado. Como lamentablemente, para él, nuestro héroe no era de Colima, otorgó los créditos a un mexicano...)

Agrego dos aclaraciones. La primera, es que tanto el periodista como yo sabíamos que no hay forma de corroborar esta historia con Alberto Isaac. Y él, ignorante de que Alberto me había contado cuán estúpido (mi palabra) había sido al entrevistar a gente del pueblo en vez de escribir una novela sobre el emigrado, decidió adueñarse del relato. La otra aclaración es lo doblemente torpe que puede resultar un reportero como él: si en efecto fue a Zapotiltic, entrevistó a gente y reconstruyó la verdadera historia de lo ocurrido, ¿por qué no cayó en la cuenta de que el nombre de Luis González (en honor a un primo hermano que se robó uno de mis libros [Por tierra de cocos y palmeras] de una peluquería, cuando supo a qué me dedicaba después de décadas de no vernos) era ficticio? ¿Por qué no se le ocurrió que muchos de los datos, entre ellos las cartas que inventé, no coincidían con lo que él había encontrado? Ese y el de la transubstanciación son dos misterios con los que permaneceré hasta el día mismo de mi muerte.

Mientras ese plazo se cumpla, espero ansioso la nueva historia que a buen seguro tejerá Enrique Ceballos, mi conocido en la luna (y también en Colima), en torno a mi persona y algún celebrado suyo, de preferencia que me odie de a deveras.

Don Carlos Castaneda va a la universidad

Para Agustín Juárez, quien me contó esta historia 

Hace unos 22 años encontré en la Universidad de California, en Irvine, la carta que menciono en el texto que sigue y que mostraba a un profesor alarmado de que un estudiante con una tesis como la de Carlos Castaneda recibiera a cambio un doctorado. Quizá esa carta atestigüe lo mal que los académicos juzgamos lo que gustará al público. Pero también es cierto que los "científicos sociales" (términos casi tan contrapuestos como los que, según Alberto Isaac, correspondían a "inteligencia militar") nos afanamos en escribir mal para que no se nos entienda. Pierre Bourdieu, antropólogo seguramente brillante, es el ejemplo cardinal de un desfatachado que se ufana de ser un "complicado" escritor. 

Mis cursos sobre cómo escribir mejor en ciencias sociales se topan con esa fortaleza infranqueable --casi inexpugnable-- construida (o "deconstruida") con los escritos de los "científicos sociales" que leen mis estudiantes. La que sigue es la historia de lo que sucedió cuando Carlos Castaneda --que no Bourdieu-- se convirtió en profesor de antropología en un campus universitario... 

Cavilaciones sobre dos reencuentros

"Otros amigos se han ido antes", escribió hace casi dos siglos Edgar Allan Poe. Pero, ¿se han marchado para siempre? El recuerdo los conjura. Un amigo partido vuelve a la vida cada vez que lo rememoramos. Mi entrañable amigo de la universidad, Bob Cohen, quien murió de un tumor cerebral dos veranos atrás, es uno de los ya idos. Y mientras escribo estas líneas y evoco su memoria sé que está conmigo, y escucho su acento nasal de Brooklin llamándome por mi nombre. Somos mientras se nos recuerda. Vayan estas palabras en remembranza de tres personas que, de diversas maneras, incidieron en mi vida.

La trama de la historia

Los dos ensayos que conforman la obra cuyo prefacio aquí presento, son complementarios: en el primero --que muchos tildarán de "teórico"-- señalo maneras para arribar a lo que llamo la “pregunta de investigación abstracta”; también sugiero formas de “anclar” dicha pregunta. Mi elección de estos conceptos no es gratuita: en español la palabra “problema” es equívoca y por tanto lleva a muchos de sus usuarios a confundirla con vocablos tales como “dificultad”. Pensar en “preguntas de investigación abstractas” y “preguntas de investigación ancladas”, obviará una de las complicaciones más recurrentes entre los aprendices al oficio de historiar, y entre los científicos sociales noveles.

El segundo de los ensayos que aparecen en La trama de la historia, además ser un ejemplo de cómo plantear una pregunta de investigación abstracta y cómo anclarla en un lugar y momento determinados, toca otra de mis pasiones: cómo aplicar mi lectura de los clásicos a mi trabajo. En el segundo ensayo introduzco la obra de Fred Morrow Fling, y rescato su propuesta –junto con la de Marc Bloch– en torno a cómo leer documentos apócrifos. Utilizando como ejemplo de uno de dichos documentos las Memorias del Gral. Victoriano Huerta, las examino para decidir si las Memorias son parcial o totalmente apócrifas.

Tocará al lector atravesar las páginas del segundo ensayo en La trama de la historia, para decidir si concuerda o no con lo que planteo.

 

Por tierras inhóspitas y desconocidas

La siguiente es la introducción a un libro de corto aliento que publiqué recientemente. Esta obra incluye los textos de dos viajeros que recorrieron Baja California a inicios de siglo XX: el científico Gustav Eisen y Arthur W. North, cazador y abogado cuya foto aparece en la portada. Escribió la presentación Mario Alberto Magaña Mancillas. 

Dedico esta obra a los dos más grandes vagamundos que conozco: Amnón y Amir Ortoll Bloch

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