Artículos de opinión

Barbajuán

Un ejemplo del tipo de becario CONACYT en los años setenta es alguien a quien apodé "Barbajuán". Era delgado, alto, con barba canosa y con un gran gusto por la comida ajena. Barbajuán (o Juan a secas) fue burócrata buena parte de su vida y seguramente que a algún jefe suyo se le ocurrió enviarlo al extranjero para deshacerse de él.

El CONACYT y otras instituciones: recuerdos personales

Un día enmarcaré las muchas cartas de rechazo que me envió el CONACYT, cuando cursaba mis estudios de posgrado. Primero me denegó cuando solicité apoyo para estudiar sociología en Alemania. El área coincidía, pensé, con los intereses de mi país: meses antes, en las oficinas de CONACYT Ciudad de México, vi un póster de más de dos metros. El póster aseguraba: "México necesita sociólogos". Pues bien, me desairaron. Las razones las olvido; igual, no me becaron.

Under the Tabachin Tree

Por si no lo sabían, los mexicanos somos sucios, salvajes, imbéciles, asesinos, ruidosos, borrachos, perezosos, mentirosos, testarudos, primitivos, indigentes, analfabetas, buscapleitos: todo esto lo teje, lo afirma, lo enreda, lo descompone, una viejecita norteamericana de vista torpe, espalda encorvada, de blusa a flores y con lo que parece artritis avanzada. He nombrado a Celia Wakefield, autora del libro "Under the Tabachín Tree: a New Home in Mexico" (Berkeley, California: Creative Arts Book Company, 1997).

No nos digan qué hacer, a los (verdaderos) investigadores

El público en general, incluso los más interesados en áreas como física o historia, siempre creen que pueden orientar la pesquisa de los investigadores. En mi carrera como sociólogo e historiador, así como de administrador (por fortuna esta última, corta) solo encontré a dos personas que no sabían qué investigar: el supuesto lingüista Javier Bravo Magaña, y Fernando Vizcarra.

Mi primer viaje en tren, a Nueva York

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A los siete, los trenes me embrujaron: en el verano de 1960 recorrí con mi padre el norte de México y el este de Estados Unidos por ferrocarril. Viajamos de la longeva capital de San Luis Potosí al anónimo Nuevo Laredo, Tamaulipas. Conocí entonces a Geuriel Dannini, amigo de mi padre. Lloré al verlo quedarse en la plataforma de la estación en Laredo, Texas, cuando el tren nos apartó de él. Danini, como lo llamaba, era su fiel amigo de muchos años.

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