Tres paracaidistas, un verdugo exangüe y un conspirador traicionero

 

I

Una emboscada que tarda en cristalizarse; un autor que se interpone constante, interminablemente, en el correr de la narrativa y retrasa así su desenlace: un novelista en su papel de Sherezade que cuenta, hoja a hoja, una trama que no termina... Así resumo una novela basada en una vieja historia de la Resistencia checoslovaca, en contra de las tropas alemanas que invadieron su país. Laurent Binet, novel narrador, construye una trama que mantiene a sus lectores enganchados desde el inicio, sin darles tregua ni respiro, hasta que llegan al final. Se trata de una obra que no culmina con el hecho que supuestamente es el eje de la historia: la emboscada que debe aniquilar a uno de los más sanguinarios nazis del Tercer Reich: Reinhard Heydrich.

            Para situarnos en el tiempo y lugar de los hechos, Binet nos ancla en el aquí y el ahora. Insiste en recordarnos que su historia reconstruye sucesos, sí, pero que los narra desde un presente que no ha logrado despojarse de los horrores de la Segunda Guerra; del malestar que dejaron las torturas y los asesinatos en masa de inenarrable violencia que orquestaron las tropas hitlerianas en contra de ciertos grupos étnicos –en particular el de los judíos–, y que marcaron un siglo y a todas las generaciones que le pertenecieron.

            HHhH –o Himmlers Hirn heisst Heydrich (El cerebro de Himmler se llama Heydrich)– nos pinta psicológicamente a uno de los pocos hombres a los que el propio Adolf Hitler hubiera temido, si no confiara sordamente en su lealtad o si Heydrich no adelantara (y también ejecutara) las acciones que la mente del Führer no había llegado a procesar: “Hitler respeta a Heydrich porque aúna ferocidad y eficacia. Si a eso se le añade una lealtad sin fisuras hacia el Führer, obtenemos los tres componentes de la fórmula del perfecto nazi” (pág. 169). Ángel exterminador; artífice de la Solución final –cuya meta era exterminar al pueblo judío–; el hombre con rostro equino más brutal que jamás clavara su bota militar en suelo checoslovaco: ese era Reinhard Heydrich.

            Subordinado directo de Heinrich Himmel –a quien desde 1929 Hitler había nombrado comandante nacional de las temidas Schutzstaffel (escuadrones de defensa o SS, por sus siglas en alemán)– Heydrich compiló con maestría información sobre todos los posibles enemigos de Hitler y sus seguidores. Esto le permitió identificar con gran facilidad quiénes provenían de qué origen y cuál era la mejor forma de eliminarnos. En recompensa a sus méritos, Heydrich fue enviado a Checoslovaquia: laboratorio en donde puso en marcha su campaña antijudía, que serviría como plataforma para la Solución final.

         Porque se conocieron en Londres sus excesos y asesinatos, hasta Praga envió el gobierno checoslovaco en el exilio a los dos paracaidistas que emboscarían y aniquilarían a Heydrich. Ambos, siguiendo planes rigurosos, y auxiliados por la población civil, encontraron el mejor momento y lugar para consumar sus planes.

                Cuando llegó el día señalado y arribó al lugar escogido el Mercedes descapotable y sin escolta de Heydrich, éste vio a un hombre que cerraba el paso a su vehículo y que le apuntaba con una ametralladora encasquillada. Aunque se alzó y desenfundó a toda prisa, sorprendido por la repentina aparición de su atacante, erró al dispararle en repetidas ocasiones. Contrariado, Heydrich no presintió a un segundo hombre a sus espaldas... 

II

Para que mis lectores dimensionen la trascendencia histórica de ese atentado, y la valía de un puñado de hombres moravos y eslovacos que arriesgaron la vida para vengar a los miles de hombres, mujeres y niños arrojados a las fauces de la muerte por el ingenio envenenado de Heydrich y a la vez detenerlo, Binet –historiador y literato de ascendencia judía– más que apegarse a los hechos históricos, entremezcla con ellos las dudas que asaltan a todo historiador que se encuentra ante un personaje que por miles razones debería aborrecer pero que, como personaje, le atrae irresistiblemente. Fue seguramente su honestidad al abrir su vida y sus angustias ante las dificultades que se le presentaron según profundizaba en el caso, la que lo llevó a merecer el Premio Goncourt de primera novela, 2010.

                 Heydrich era un individuo detestable pero también digno de respeto por la rapidez con la que ascendió las esferas del poder y la frialdad con que concibió las formas de aniquilar a los que él consideraba los enemigos más peligrosos del Tercer Reich. Por su trascendencia política y por su cercanía al Führer, su muerte importaría más que la de cualquier otro individuo en suelo checoslovaco. ¿Cómo valorar de otra forma la misión de los hombres que pusieron en marcha un complot para aniquilar a ese ejecutor de ideas, como dije, aún no concebidas en el laberinto psicológico de Adolf Hitler?

              Heydrich era la víctima perfecta ante cualquier atentado por una razón adicional: estaba convencido que su “popularidad” –o el terror que imponía su presencia– bastaba para inmunizarlo ante cualquier conjura fraguada desde el seno de la maquinaria infernal del Tercer Reich. Nunca imaginó que dicha conjura llegaría desde las calles de una Praga doblegada o, peor aún: de entre las filas de un gobierno checoslovaco en el exilio, ubicado en las lejanas tierras de la Gran Bretaña. ¿Salvará Heydrich la piel en el último momento? ¿Retornarán a casa los valientes paracaidistas que cuando aceptaron arrojarse a esa misión patriótica –llamada Operación Antropoide– sabían que también era suicida? El autor se guarda bien de proporcionar el desenlace de estas incógnitas a destiempo.

             Entre las tapas de su obra, Binet admite a héroes fantasmales cuyas vidas de otra forma permanecerían al margen del gran cauce de la Historia. Muchos son los hombres y mujeres, otrora destinados al eterno y feroz anonimato, que cobran vida entre las páginas de HHhH. Gran parte de estos héroes sin rostro esperaron durante interminables décadas ser al menos recordados. Sus proezas y sus fiascos estaban por relatarse. Cierto que los lectores poco conocedores del tema se sentirán a veces abrumados por ese gran número de personas con actitudes heroicas que desfilan por estas páginas. Pero yo recomiendo a esos lectores que persistan en sus esfuerzos por concluir esta imponente obra: con problemas menores, la traducción es buena y la trama inolvidable.

             Por otra parte, en su obra, Binet se cuida de no olvidar a los nazis que en la década de los cuarenta conquistaron el centro de Europa para imponer los valores de su “raza” e implantar la “germanización” selecta que preconizaban a costa de otras razas y creencias. Por esta razón sus nombres también ocupan un lugar preponderante en HHhH. Pero recordar a los nazis no es cubrirlos de gloria ni adjudicarles el papel de héroes, que pertenece a quienes los enfrentaron. Es por ello que Binet resalta, para las generaciones actuales y venideras, las gestas en las que se involucraron, directa o marginalmente, los miembros de la Resistencia, dentro y fuera de Checoslovaquia. Se trata de hombres y mujeres que, para él, pese a todos los presagios y de cara a todas las adversidades, lucharon –con limitado éxito, es cierto– por subvertir al régimen nazi que se perfilaba invencible y capaz de dominar el globo.

III

 

La curiosidad de Laurent Binet, que surgió de una anécdota que escuchó de su padre, se apoderó de él, de sus energías e imaginación, buena parte de su hasta ahora corta vida productiva (nació en París en 1972). Para fundamentar su obra, tapizó las entrañas de su morada con una biblioteca de inspiración nazi y neonazi, a la que sumó novelas, películas y documentales sobre el Heydrich de voz chillona y el atentado checoslovaco maquinado en su contra. Pero avanzó todavía más: se acercó a archivos de varias nacionalidades; revisó con detenimiento tendenciosos sitios en la Internet; analizó todas las fotos que cayeron en sus manos. En suma, Laurent Binet estudió el atentado desde todos los ángulos asequibles. Dicho lo anterior, es verdad también que en más de una ocasión se vio al borde de sus fuerzas, cara a cara con una Historia que, como en otros incontables casos, sume a verdaderos héroes en el más confuso anonimato. Pero no por ello el profesor de la Universidad de París III perdió el sentido del humor o abandonó su afán por arribar a la justeza:

Hoy [Jozef] Gabcík, [Jan] Kubis y [Josef] Valcík son héroes de su país [...]. Cada uno de ellos tiene una calle con su nombre en las cercanías del lugar del atentado, y existe en Eslovaquia un pueblecito llamado Gabcíkovo. Incluso fueron ascendidos [los tres] a título  póstumo (creo que actualmente son capitanes). Quienes los ayudaron directa o indirectamente no son tan conocidos y, agotado por el desordenado esfuerzo con que he tratado de rendir homenaje a todas esas personas, me estremezco de culpabilidad al imaginar los cientos, los miles, que he dejado morir en el anonimato, pero quiero pensar que la gente existe aunque no se hable de ella (pág. 387).

       HHhH proporciona elementos para que reflexionemos en torno a las tendencias imperialistas de Hitler y sus seguidores, y cómo dichas ideas directrices repercuten hasta nuestros días. La gran aportación de su autor es enlazar el presente con el pasado, es cierto. Pero más allá de esto Binet se presenta ante nuestros ojos como un individuo que, aunque dudó, acometió con fuerza una faena que bien pudo haber abandonado. Al recuento del atentado contra Heydrich y la relevancia histórica de la emboscada dedicó buena parte de su empeño.

             No resta más que mencionar a Karel Curda, pues como nos lo recuerda Binet, “en toda buena historia hace falta un traidor” (pág. 265). Curda se acercó a la Resistencia más que por celo patriótico, por afán de la aventura; viajó a Checoslovaquia en calidad de paracaidista y así conoció a los dos hombres que emboscaron a Heydrich. Fue Curda quien los denunció, a cambio de una recompensa, en coronas, millonaria. Insatisfecho con señalar ante la Gestapo a los autores del atentado contra Heydrich, Karel Curda “proporcionó los nombres de todos los contactos que él tenía y de toda la gente que los había ayudado desde su regreso al país. Vendió a Gabcik y a Kubis, pero regaló a todos los demás” (págs. 384-385; las palabras en cursivas aparecen así en el original).

             Tras cobrar su recompensa, Curda cambió de nombre, desposó a “una alemana de pura cepa”, y se convirtió “en agente doble [...] al servicio de sus nuevos amos” (pág. 385). Pero Karel Curda, sin cuya perfidia la Operación Antropoide se hubiera coronado con un éxito, no gozó impunemente de sus actos. Al final de la guerra fue arrestado por la Resistencia y, además, “fue juzgado y condenado a muerte” por traicionar a sus camaradas. “Se le ahorcó en 1947. Subió al cadalso diciéndole al verdugo bromas obscenas” (pág. 389): un desquiciado, en suma, a quien nadie puso un alto en su momento.

          Así acabó sus días Karel Curda, el hombre que prefirió en vida caer en la ignominia, a compartir, después de fallecer, un lugar entre los héroes de su patria. Pocos son los visionarios que deciden a tiempo y con acierto: fue el caso de  Gabcik y Kubis, pero nada de la gloria póstuma de emboscar a Heydrich y pasar a la posteridad, la compartió con ellos su excamarada Curda.

 

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