Stephen King à la carte

Stephen King
consejos para escribir

 

[…] con frecuencia los libros malos 

tienen más que enseñar que los buenos.

Stephen King

 

I

Eso contéstamelo tú”, respondió mi hijo Amir cuando curioseé sobre el autor de una novela (The Long Walk) que me pareció impertinente para jóvenes, pero con cuyo dudoso contenido él se ensimismaba. Su respuesta me desconcertó, lo confieso, porque nunca creí tan cercano el día en que coincidiera en mis lecturas con las de mi hijo adolescente. Pero tenía razón, yo había adquirido un libro por el mismo autor de las historias macabras con las que él se regodeaba.

Sólo que mi ejemplar, era –ejem– como decirlo… para mayores, es decir, para aquellos metidos en el oficio de la escritura, pues según lo anunciaba su título, era un manual para el prosista. Adquirí el libro porque caí víctima de una treta publicitaria: se trataba –lo aseguraba el Wall Street Journal– de un “clásico como ningún otro en su especie”, o sea, de una obra “casi inclasificable”. Estos y otros halagos similares –¡lo aclamaba también el New York Times!– obraron para que apenas tomara nota del autor. La fotografía en la contraportada, captada por Tabitha King –esposa del novelista– con el Atlántico como trasfondo, desenmascara a un individuo de pasado nebuloso: con lentes de aro metálico y un bermejo cabello revuelto por el viento, Stephen King muestra una quijada pronunciada, los ojos semicerrados y el entrecejo marcado. ¿Era un don nadie?

El sol que rutila lo acosa por el poniente y lo alcanza justo a la mitad del rostro. El King de la contraportada viste camisa azul claro de mangas cortas y cruza los brazos sobre el estómago, como si reprimiera un cólico ligero. Parece un individuo común que entre semana despacha en una gasolinera o trabaja en un taller mecánico y que los sábados conduce a su novia en su pick-up desde la veraniega ciudad de Bangor, hasta el lugar donde el interminable Río Penobscot desemboca en el Atlántico. Poco más sabía yo de este habitante de Maine, el estado más grande de la Nueva Inglaterra. Las palabras de mi hijo Amir me compelieron a recorrer a grandes (pero concienzudos) pasos este libro que, de tener yo menos disciplina y curiosidad, hubiera dejado a un lado antes de alcanzar la página 50.

II

On Writing: A Memoir of the CraftSobre el escribir: recuerdos del oficio– (Nueva York: Pocket Books, 2000) es en realidad más que una simple autobiografía desinteresada: es una egografía contada desde el pedestal en el que King –el soberano– mira (y narra) todo lo que le rodea: lo pasado y el presente, lo benévolo y lo maligno, lo vital y lo macabro, lo celestial y lo infernal. Ya lo dijo King: “los reflectores están sobre nosotros, baby”. De ahí que Steve –como prefiere que le llamen sus amigos– elevara la mirada y utilizara su vida como muestra de que todavía existe –o existía–, lo que hasta el 11 de septiembre de 2001 se conocía como el sueño americano. Se entiende entonces que al autor no le preocupe derrochar página tras página (y agotar la paciencia de sus lectores) para referir lo que aparenta ser una historia más de un ser indiferenciado sobre la Tierra. Sólo que Stephen King, productor de docenas de bestsellers que lo sacaron de la pobreza más abyecta, señores, no es un cualquiera.

La existencia del King novelista estaba marcada mucho antes del día en que –sin saber lo que esto significaba– plagió una película macabra que presenció en la gran pantalla: la plasmó con sus palabras en un escrito que mecanografió y vendió entre sus compañeros de la escuela primaria obteniendo grandes dividendos. Sus maestros, escandalizados al enterarse del negocio en el que el niño King había convertido su interpretación de la película recién estrenada en la sala pueblerina, lo forzaron a finiquitar su empresa. King reintegró el pago a sus lectores.

Durante los años siguientes su vida creativa transcurriría sin sobresalto alguno: le preocupaba sobrevivir al lado de su esposa y sus dos retoños. King desfiló, como sucede, por una cadena interminable de trabajos secundarios mal remunerados (entre ellos el de maestro de letras y redacción inglesas), sin abandonar su idea –apodémosla sueño– de un día alcanzar la fama como escritor inigualable. Su contumacia lo llevó a utilizar una máquina de escribir portátil, que instalaba sobre sus piernas en los ratos de ocio, mientras enjabonaba y enjuagaba sábanas de hotel y manteles de restorán, en la lavandería New Franklin, de la turística ciudad de Bangor. Era allí donde el desdichado King –entonces vasallo–, batallaba por las noches.

Una de tantas desveladas lo llevó a conformar, en una, dos historias diferentes: al visitar como parte de otro de sus empleos los baños para señoritas en un internado vio que, a diferencia de las de los hombres, las regaderas en los baños de las mujeres tienen cortinas. ¿Qué pasaría, se preguntó, en el caso de una chica tímida que tuviera que bañarse frente a sus compañeras en una regadera sin cortinas que la protegieran de miradas indiscretas, en el momento mismo de tener su primer periodo? La otra historia sobre la que King tenía noticia desde años atrás –lo leyó en Life– era que una persona con capacidades telequinéticas, podía desplazar objetos utilizando el poder mental sin causa física aparente.

Unió las dos ideas, redactó unas páginas y las arrojó luego a la basura. Para la buena fortuna (futura, claro) de los King, Tabitha recuperó las hojas estrujadas de un cesto rebosante de papeles y de colillas malolientes, y convenció a su marido de que el escrito merecía otra oportunidad. Estas páginas –con el apoyo editorial de su mujer; una que otra carta y trozos de un diario superpuestos aquí y allá; recuerdos de la adolescencia, y un agente que las vendió por una bagatela– se convirtieron en el primer gran éxito editorial de King: Carrie. Una cosa llevó a otra y lo demás es historia. Al menos en cuanto a cómo Stephen King pasó a la fama, vendió los derechos de sus obras por montos millonarios, y –se lo confesó a la escritora Naomi Epel– “se compró una estación de radio en Bangor, Maine, para tener música de metal pesado disponible a cualquier hora del día”.

Pero la notoriedad se le salió de las manos y Stephen King, El Magnífico, se despeñó en el alcohol y en las drogas. Gracias una vez más a Tabitha, se regeneró. Y su vida hubiera acabado como todo cuento de hadas si no fuera porque en una ocasión, mientras El Magnífico caminaba a la orilla de un camino de tierra secundario, Bryan Smith, chofer de una furgoneta Dodge azul clara (del color de la camisa que King viste en la contracubierta del libro que comento), lo arrolló accidentalmente. El revés se debió a que mientras conducía, Smith, de 42 años, buscaba alejar a su perro rottweiler (llamado Bala) de la nevera en el asiento trasero de su Dodge, donde había guardado unas chuletas. Este accidente, al que dedicó una sección de On Writing: A Memoir of the Craft, King lo utilizó para justificarse por no entregar su manuscrito a tiempo (pudo haber sido más original, alegando, por ejemplo, que su manuscrito estaba en la cajuela de su Lincoln Navigator último modelo y que éste se había incendiado, con laptop y demás materiales adentro, aunque en este caso el atropellamiento fue verídico).

Del accidente en adelante sigue una trama interminable que describe los sufrimientos del autor, sólo que para entonces yo no sentía ninguna lástima por él, y computaba con insistencia el tiempo que me restaba para dar el libro por concluido (¿se trataba del mismo Stephen King que tanto entusiasmaba a mi hijo?). Tan cansada me resultó su vida de constantes éxitos y derrotas.

III

Dentro de esta historia surgida de la penuria y del anonimato y que recorre tantos triunfos atajados por interminables hechos imprevistos pero salvables, aparecen pocas ideas novedosas o de interés para quienes buscamos, como yo, rescatar consejos que mejoren nuestro estilo. En un malogrado intento por ser original, King utiliza la metáfora de una caja de herramientas con varios niveles (o bandejas), en donde los iniciados debemos colocar supuestos instrumentos que amén de mejorar nuestro estilo, revolucionarán la forma en que lo concebimos.

La inédita caja de herramientas marca King (con derechos reservados) pretende infructuosamente contener todo el utillaje necesario para merecer el éxito: “coloca tu vocabulario en la bandeja superior de tu caja de herramientas”, “también querrás acomodar la gramática en la bandeja superior de tu caja de herramientas”, y “en la bandeja justo abajo van [los] elementos de estilo […]”.

Confieso que me sentí ofuscado: ¿era esto lo más importante que King, el Rey podía decirme a mí como aprendiz de escritor? No era que yo entrara en desacuerdo con sus lecciones (“la voz activa es eficaz”); más bien que no encontré algo novedoso en sus palabras. Una que otra idea traía consigo imágenes, pero su “singularidad” no justificó el tiempo que invertí en la lectura. Uno de sus grandes consejos –tampoco lo refuto, sólo su falta de originalidad– es (las cursivas son de él): “el adverbio no es tu amigo”. Guau.

Pero en el párrafo siguiente, para marcar su punto, King se adentra en la jungla de sus pensamientos y en vez de acompañarse con camaradas que lo protejan, permite que lo escolten nada menos que tres adverbios enemigos: usualmente –al que acude en tres ocasiones– seriamente –en una– y claramente –en otra más–. Cedo la palabra a King, quien tortura así el siguiente párrafo, arrastrándolo por entre piedras y espinas:

Los adverbios, lo recordarás [del curso que tomaste] de Inglés para Negocios, son palabras que modifican verbos, adjetivos, u otros adverbios. Son los que usualmente [sic] terminan en –mente. Los adverbios, como la voz pasiva, parecen haber sido creados [buen ejemplo de la voz pasiva: King no dice quién creó los adverbios] pensando en el escritor tímido. Con la voz pasiva, el escritor usualmente [sic] expresa su miedo de no ser tomado seriamente [sic]; es la voz de los niñitos que llevan bigotes [pintados con] betún para zapatos y de las niñitas que pisan fuerte con los tacones de mamita. Con los adverbios, el escritor usualmente [sic] nos dice que él o ella [al menos King es “políticamente” correcto, para añadir otro adverbio a su lacerado párrafo] no se está expresando claramente [sic], que él o ella no está transmitiendo el punto o la imagen (página 124).

Es obvio que nadie se molestó en pulir las palabras de King, pero sorprende que alguien con tan pocas destrezas estilísticas (¿adónde nos lleva el exmaestro de letras y redacción inglesas que en otro lugar afirma que “el camino al infierno está adoquinado con adverbios”?), haya llegado hasta donde está. ¿Será que sus lectores son tan poco diestros –perdón, Amir– como él en el uso del lenguaje? Esta pregunta la transfiero al costo: no voy a perder más tiempo descifrando a King. En la página 142 (¡por fin!) el autor se ajusta el cinturón, enciende el motor de su vehículo y se prepara para una carrera sin límite de velocidad:

Estoy arribando al corazón de este libro con dos tesis, ambas simples. La primera es que la buena escritura consiste en llegar a dominar las reglas básicas (vocabulario, gramática, los elementos de estilo) y luego en llenar el tercer nivel de nuestra caja de herramientas con los instrumentos adecuados. La segunda [tesis] es que mientras que es imposible extraer a un escritor competente de un mal escritor, y mientras que es igualmente [sic] imposible sacar a un gran escritor de uno bueno, es posible producir un buen escritor con uno meramente [sic] competente (página 142).

Qué maravilla. El tímido e ininteligible Mr. King (sí observaron sus adverbios, ¿no es verdad?) abriendo camino al andar: si estos son consejos útiles y hasta ahora desconocidos, yo me llamo Pepe Gutiérrez y he malgastado años en publicar mi propio libro sobre cómo escribir mejor, y –esto no me lo perdono– en dedicarle al millonario autor un ejemplar, con firma autenticada. Puedo citar más de los lugares comunes (él los llama “fósiles”) que el zahorí King en persona desentierra de las profundidades arqueológicas del enigma, como si fuera la primera vez que se contemplan –o al menos que él advierte– pero estoy convencido que he marcado mi punto con claridad.

Queda por explicar por qué quienes recomendaron este libro con tanto entusiasmo –el Wall Street Journal y el New York Times, entre otros– lo elogiaron. ¿Se deberá a lo único innovador que encontré tras mucho arañar (casi me sangro las uñas en el ejercicio) el contenido de On Writing: A Memoir of the Craft? Me refiero a la estructura con que King obsequia a sus lectores para que estos escriban una historia semejante a las que lo transformaron en millonario. ¿Se ajustaron ya los cinturones? ¿Se pusieron el casco de protección? Pues aquí vamos.

IV

Cierto que no todo el contenido del libro es tan atroz como lo describo, pero lo que me preocupa es que manuales como éste vean la luz del día –para mi sorpresa y desaliento, hace unos días, fisgoneando entre las nuevas adquisiciones de Politics and Prose, mi librería favorita en Washington, D.C., ¡encontré el mismo ejemplar editado por segunda vez!– sin traer consigo materiales que justifiquen su existencia. Pero volvamos al texto. Aunque King afirma que lo suyo no es transmitirnos ejercicios, coloca uno que quizá subsane en parte toda su mala prosa (plagada de palabras de cuatro letras, la más imprimible, “shit”) y falta de originalidad. Parafraseo secciones del ejercicio (páginas 170 a 173) para ahorrar espacio y aligerar su lectura.

Imaginemos a una mujer llamada Jane que se casa con un tipo “brillante, ingenioso, que palpita con magnetismo sexual” (las palabras entrecomilladas son de King, aunque me tomo ciertas libertades estilísticas). El tipo se llama Dick, que en inglés tiene una connotación sexual (ya se imaginan por dónde va el novelista). Dick tiene su lado oscuro (todos los “guaus” y los “tan-táns” del trasfondo se los dejo a ustedes): le gusta controlar a los demás y por otra parte es paranoico. Jane trata de sobrellevar el matrimonio e ignorar sus defectos. Tienen una bebé –Nell– y la situación se tranquiliza por unos años. Cuando la niña cumple los tres, afloran de nuevo los problemas. El abuso es verbal al inicio y luego físico. Dick imagina que su esposa tiene una relación extramarital con un compañero de trabajo.

Harta, Jane lo divorcia y se lleva a Nell consigo. Dick empieza a seguirla… Jane consigue una orden de restricción legal, para que no se les acerque, “un documento tan útil como un parasol en un huracán, como muchas mujeres maltratadas te contarán”, confirma King. “Por último, tras un incidente que tú describirás en detalle vívido y de terror –una golpiza pública quizá– Richard el Tonto es arrestado y encarcelado”. Sigue ahora “la situación”.

Un día después del arresto de Dick, Jane lleva a Nell a la casa de unos amigos y la deja en una fiesta de cumpleaños. ¡Por fin unas horas de descanso! Y va a tomar la siesta en una casa que no es la suya. Por qué a esta casa (puede ser la de sus padres o la de unos amigos que está cuidando) y por qué no tiene nada más qué hacer esa tarde en particular, a ustedes toca explicar. La cuestión es que al llegar allí “algo le hace tintín, justo por debajo del nivel de la conciencia, […] algo que la incomoda. No puede identificar lo que es y ella se repite que son sus nervios, un residuo de sus cinco años en el infierno con mister Congenialidad. ¿Qué más podría ser? Dick está bajo piedra y lodo, a fin de cuentas”.

Antes de la siesta, Jane calienta agua para tomar té y ver las noticias “(¿Podrás utilizar después [en tu novela] esta tetera con agua hirviendo que está sobre la estufa? Quizá, quizá)”. La noticia principal en la tele resulta ser “un bombazo”:

Esa mañana tres hombres escaparon de la cárcel, y asesinaron a un policía en el proceso. Dos de los tres chicos malos fueron capturados casi de inmediato, pero el tercero anda suelto todavía. Ninguno de los prisioneros es identificado por nombre (al menos no en este telediario), pero Jane, sentada en la casa vacía […], sabe más allá de cualquier duda que uno de ellos era Dick. Lo comprende porque finalmente ha identificado ese tintineo de intranquilidad que sintió en el vestíbulo. Era el olor, tenue y desvaído, de tónico para el cabello Vitalis. Jane permanece sentada en su silla, sus músculos flojos de miedo, incapaz de levantarse. Y mientras escucha las pisadas de Dick que empieza a descender las escaleras, ella reflexiona: Sólo Dick se aseguraría de tener tónico para el cabello, incluso en prisión. Jane debe incorporarse, correr, pero no puede moverse… (página 172).

Ahora viene lo bueno:

Lo que quiero que hagas en este ejercicio es cambiar los sexos del antagonista y del protagonista antes de que empieces a elaborar la situación en tu narrativa –haz que la exesposa sea la que acecha, en otras palabras (quizá ella escapó de una institución siquiátrica, en vez de fugarse de la cárcel municipal) y que el marido sea la víctima– (páginas 172-173).

Hasta aquí el ejercicio que King propone. Por lo demás, que la suerte los acompañe: yo me retiro, preguntándome si este libro, que no es de los mejores que han caído en mis manos, me ha enseñado algo novedoso.

Epílogo. La noche misma de mi muerte, casi con premura, me encuentro frente al portón del paraíso. Por una ventanilla con barras asoma un rostro enjuto, de barba nacarada e indócil cabellera. Me contempla por encima de sus quevedos. Tiene la mirada rendida. Es san Pedro. ¿Y tú de qué te abstuviste, me pregunta con voz ronca y desfallecida, para merecer la gloria? Renegué de Stephen King, contesto, casi sin pensarlo. El portalón se abre con lentitud. El chirrido de los goznes revela que el cancerbero celestial duda por instantes. Avanzo al frente, me escurro por el resquicio que vislumbro apenas y escucho cómo alguien cierra tras de mí el portón con un empellonzazo. Afuera, en medio de una borrasca incontenible, los lentes empañados y las ropas chorreantes, queda el postinero de King rastreando boletos de reventa, para la recepción celestial del siguiente anochecer.

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