Palmas y vítores a los héroes

Niños héroes
historia oficial
Benito Juárez

José María Morelos, grabado realizado por un contemporáneo

Hace 15 años me jugué la vida. Todo por ratificar mi postura, frente a más de 800 maestros de primaria y secundaria, contra la historia oficial que promueve el Estado mexicano. En el "Primer Encuentro Estatal de Valores", que tuvo lugar en Guadalajara a principios de noviembre de 1997, toqué el espinoso tema de las imágenes que de los héroes de la patria -Miguel Hidalgo, José María Morelos, Benito Juárez-, nos dibuja el gobierno federal, y lo que nos transmite acerca de los célebres "niños" héroes. Tuve que salir, a escape, del evento.

Pero vayamos por pasos. Quede claro desde ahora que no comparto los principios de la "historia patria", que enfatiza una versión maniquea de nuestro pasado, en la que no hay más que los traidores "oficiales" de la patria y los vencedores -nuestros "héroes", también oficiales-, de quienes sabemos pocas cosas trascendentales. Entiéndase también que me pronuncio, con la historiadora Avital Bloch, contra lo que ella llama la práctica "nostálgica" en la historia: aquélla que crea "un pasado sin significado, congelado en el tiempo y que por lo tanto, equivocadamente, parece simple, perfecto e ideal".[1] La práctica nostálgica de la historia, en mi opinión, es una herramienta que ayuda a confeccionar la imagen de los héroes oficiales congelándolos también en el tiempo, y alejándolos de su circunstancia histórica y vital. Con todo el propósito de iniciar un debate esa tarde de noviembre, titulé mi ponencia "Historia, valores, y héroes de cartón".

Resumo aquí lo que entonces precisé. Los héroes de cartón eran -y son- aquellos a quienes los ideólogos gobiernistas, al desconectarlos y desarraigarlos de su contexto político e histórico, desplegaban -y todavía despliegan- con las mismas caras, con las mismas poses, con la misma vestimenta, con el mismo gesto. Lo dijo magistralmente Jorge Ibargüengoitia: "hay que conmemorar al prócer [...] siempre con la misma ropa, al fin no tiene por qué cambiarse. Hay que tener en cuenta que la calva del cura Hidalgo, la levita de Juárez y el pañuelo de Morelos son más importantes para identificar a estos personajes que su estructura ósea".[2]

Para inmortalizar a un "héroe" en México, denuncié en esa ocasión memorable, no había más que resaltar para siempre uno o varios rasgos que le fueran característicos y lo volvieran identificable. Añadí al retrato que pintó Ibargüengoitia de Juárez, su peinado que apuntaba a una calvicie temprana, su seriedad adusta, su pose de retrato de tres cuartos pero, sobre todo, sus rasgos zapotecas. Los héroes oficiales, afirmé, eran aquellos cuyas vidas fueron extirpadas de tajo de su propia realidad, y cuyas imágenes acabaron convirtiéndose en símbolo de todo menos de lo que en verdad fueron. Había otro problema. La historia oficial -u oficialista-, de donde provenían estos héroes aparte de ser en buena medida inventada, era también inexacta.

La historia oficialista -y los héroes que había producido-, aseveré frente a un público receloso aunque atento, debía ser examinada con cuidado, y puesta a prueba. Había que compararla con la evidencia histórica. Entre otras razones, porque en la hechura de esta historia se exaltaban las acciones positivas y por supuesto ejemplares de las vidas de los "próceres" oficiales, y se olvidaban sus acciones criticables. De Juárez, los historiadores oficialistas olvidaban que él habría continuado reeligiéndose (algo que hoy todavía es reprochable) de no habérsele atravesado la muerte en el camino; callaban también que el nacionalista y antiimperialista de Juárez aceptó apoyo bélico de los estadounidenses en su lucha contra los franceses. Juárez, recalqué, era un hombre práctico que supo adaptarse a las circunstancias. También entendió cómo aprovecharlas. Pero esta apreciación histórica desaparece, declaré, en la mar de cuentos oficialistas que existían -existen- en torno a su persona.

Hace muchos años que afirmo que, pese a sus declaraciones y acciones en dirección  opuesta, el gobierno mexicano ha optado (al menos cuando enfatiza las figuras de los "héroes"), por la nación y no por las regiones: nuestros héroes tienen que ser "nacionales", aunque hayan nacido y actuado en el más apartado de los terruños. Además, en la historia patria desfilaban uno a uno los "próceres" acartonados que en nada asemejaban las personas de carne y hueso que una vez fueron. Era el caso de los mal llamados "niños" héroes, tan celebrados en 1997, al cumplirse 150 años de la guerra de México contra Estados Unidos.

Los cadetes, imposible debatir el punto, eran adolescentes o adultos y no niños. Más importante para mí era corroborar la inexactitud de la historia oficial. Subrayé dos ejemplos. Uno de los supuestos "niños héroes", el teniente Juan de la Barrera, quien al fallecer contaba con 20 años de edad, no murió en el castillo de Chapultepec: cayó cuando edificaba un fortín en otra parte de la ciudad de México. Ninguno de los cadetes se envolvió en la bandera del torreón del castillo, como cuenta la leyenda, "ni menos se arrojó desde lo alto". Quien al parecer se envolvió en una bandera (ignoro sus razones) fue el capitán de artillería Margarito Zuazo, pero no durante la toma de Chapultepec el 13, "sino en la acción del Molino del Rey el día 8 de septiembre de 1847".[3] Los "niños" héroes, o lo que de ellos nos quedaba, como sucedía con Juárez y otros muchos héroes nacionales, eran figuras de cartón, y sus vidas, tal como las presentaban los oficialistas, distaban de encarnar sus verdaderos ideales, acciones y pensamientos. Al caricaturizar a nuestros verdaderos héroes, ridiculizamos sus vidas y sus hazañas, lamenté.

¿Cuántos de nuestros hijos toman a los "niños héroes" -terminé preguntándome frente a mis confundidos escuchas- como modelo de acción? ¿Cuántos de ellos están dispuestos a abandonar los jeans para vestirse en calzón de manta o, peor aún, con ropa color caqui? ¿Cuántos conocen el himno nacional o estarían dispuestos a memorizarlo en vez de dominar la letra de Azúcar amargo? ¿Cuántos de nuestros hijos en Jalisco recuerdan los nombres de los caídos cristeros, o quiénes han escuchado hablar de los sinarquistas, aquellos decididos campesinos de occidente que se opusieron a las reformas "procampesinas" del general Lázaro Cárdenas?

Es necesario revertir la escala de valores, recalqué, mientras pausaba para beber agua embotellada: lejos de conocer la historia nacional debemos comprender a fondo y sin prejuicios la regional; lejos de realzar la vida de héroes de cartón, debemos entender la verdadera vida de los protagonistas de nuestra historia; lejos de preocuparnos por un pasado nostálgico debemos luchar por rescatar el pasado que ha forjado nuestro presente y que puede orientar nuestro futuro.

Cuando bajé del estrado y me encaminaba con paso seguro hacia la salida, escuché a tres mujeres que gritaban: "¡Allí está!" Tarde me percaté, cuando me preparaba a sacar la pluma para obsequiarlas con un autógrafo, que lo que debía era desenfundar un arma para proteger la vida. Las tres señoras iban dispuestas a escarmentarme: 20 minutos de conferencia no habían bastado para encauzar sus almas confundidas. "Los cristeros cortaban las orejas de los maestros rurales", vociferó una señora, confirmando lo que yo acababa de observar, que la gente desconoce su historia, o a los protagonistas de su pasado regional. "Es usted un reaccionario", rugió más fuerte otra. Antes de que la tercera descargara sobre mí un bolsazo, abandoné el lugar, sintiéndome seguido de cerca por una turba incoherente y exaltada. Son los gajes del oficio, pensé, mientras escuchaba en el trasfondo vivas a Juárez y palmas para los niños héroes.

* * * * *

Post scripta

Los así llamados "cristeros" --por su grito de ¡viva Cristo Rey!-- se levantaron contra las políticas proagraristas y anticatólicas de Plutarco Elías Calles. Su movimiento tuvo corta vida (de 1926 a 1929) y apretada geografía: se propagó particularmente en el occidente de México. Durante los años treinta y por entrar en desacuerdo con las normas dictadas por el entonces arzobispo de México, Pascual Díaz y Barreto y por esquivar los ataques sistemáticos del ejército, muchos excristeros se alzaron de nuevo en armas, durante la así llamada "Segunda". Pero para entonces la Iglesia distaba de apoyar cualquier intento de rebelión armada (todavía debatimos, los historiadores, si la apoyó durante los años veinte). Los cristeros, entonces, no cortaron las orejas de maestros socialistas porque eso fue invento del gobierno de Lázaro Cárdenas una década más tarde. La mujer que vociferó enardecida y aseguró que los cristeros andaban cortando orejas de los maestros, entonces, se confundió por una década... 

Yo entrevisté a don Jesús Padilla, lugarteniente del exgeneral cristero Lauro Rocha, en varias ocasiones. Y sí, él me contó que para los años treinta (Rocha fue de los últmos alzados en la Segunda) ya no peleaban por "la cuestión religiosa" y que lo suyo era un movimiento contra otras cuestiones como la educación socialista. Nunca le pregunté si él o --alguno de los seguidores de Lauro Rocha-- desorejó a algún maestro socialista.

Si me lo preguntan, sí creo que don Jesús fuera capaz de amputar las orejas de más de un maestro socialista: era un hombre rudo y arrojado que a nada temía. Pero dudo que lo hiciera. De todo, lo que importaba a los rochistas era sobrevivir. Sin el apoyo de los moradores de Los Altos, la de Lauro Rocha, como muchas otras bandas que "desobedecieron" las órdenes del arzobispo Díaz, siguieron a salto de mata: hasta que los acabó el cansancio, o cayeron víctimas de una emboscada traicionera. Quién mejor para documentar esta vida angustiosa que Matías Meyer en su imponente película sobre la Segunda, que recomiendo ver (sugiero también que consulten, en YouTube, http://www.youtube.com/watch?v=1EqQeHWoHpw&feature=related).

El grabado que aparece por el momento sin pie de foto, por cierto, de la década de 1840, es de José María Morelos. ¿Lo reconocieron? Lo agregué en memoria de Jorge Ibargüengoitia y sus comentarios sobre los próceres de la patria...



[1] Avital Bloch, "La nostalgia y la historia". En Comala: memorias de un encuentro, coordinado por Servando Ortoll, 187-192 (Colima: Sericolor, 1994), 188.

[2] Jorge Ibargüengoitia, "El lado bueno de los próceres". En ídem., Instrucciones para vivir en México, 22-24 (México: Joaquín Mortiz, 1991), 23.

[3] Juan Miguel de Mora, El gatuperio formado a lo largo de cinco siglos entre mexicanos y españoles y otros temas, como omisiones, mitos y mentiras de la historia oficial que nos enseñaron (México: Siglo XXI, 1993), 133 y 136.

 

Todos los derechos reservados © 2019 - Servando Ortoll | Contacto