La trama de la historia

historia oficial
Victoriano Huerta
Sobre la hechura de la historia

 

Prefacio

Los dos ensayos que aquí presento se complementan y relacionan íntimamente con mis labores como historiador-docente. El primero de ellos y que da el nombre a esta obra, propone un efugio para sortear la gran dificultad que enfrentan mis estudiantes cuando se percatan que deben encontrar lo “general” –que muchos de mis colegas llaman simple y equívocamente “teoría”– dentro de lo “particular” es decir, en sus estudios de caso. El segundo ensayo concierne más a mi pasión por la lectura de los autores clásicos y por cómo implementar sus consejos en mi hechura de la historia. El ejemplo que empleo para poner a prueba los lecciones de esos autores clásicos –Fred Morrow Fling, Marc Bloch– son las Memorias del Gral. V. Huerta: utilizo sus Memorias para profundizar en cuestiones en torno a cómo detectar y evaluar documentos de naturaleza supuestamente apócrifa.

     En “La trama de la historia: anécdotas y remembranzas de un practicante” busco encontrar un paraje imaginario en donde se hable una lingua franca y con ella logre comunicarme con mis colegas en las ciencias sociales. A mis estudiantes de posgrado preocupan asuntos en apariencia tan triviales y resueltos como: “¿qué es y cómo se hace teoría?” O: “¿cómo se plantean preguntas de investigación?” Estas cuestiones los abruman porque escuchan de sus maestros que deben relacionar dichas preguntas con sus propias investigaciones.

     Mi postura ante estas inquietudes, es que debemos encontrar la lingua franca que mencioné arriba; que debemos arribar primero a conceptos flexibles que nos permitan atrapar procesos: no me refiero a procesos históricos; hablo más bien al proceso que arranca con una curiosidad incipiente y culmina con una tesis de maestría o de doctorado. ¿Plantear preguntas? Sí, pero ¿qué tipo de preguntas? ¿Qué tan generales o concretas deben éstas ser? ¿A quién deben importar? Yo propongo que hablemos de dos tipos de preguntas que se complementan: a la primera la llamo “pregunta de investigación abstracta” y, a la segunda, “pregunta de investigación anclada”.

     Sugiero entonces que dejemos de referirnos a “problemas” –que en castellano, como idea, tiene demasiadas connotaciones– y que nos ayudemos de estos dos conceptos para señalar la etapa de investigación en que nos hallemos. Ya sea que partamos desde lo general –con una pregunta abstracta en mente pero sin un caso en particular dónde analizar esa pregunta– o de lo particular (con un tema elegido pero todavía en busca de la pregunta de investigación anclada), el pensar de esta manera nos ayudará a saber en qué etapa de nuestra pesquisa nos encontramos y qué nos queda por hacer. Con la pregunta abstracta deberemos buscar un lugar y momento apropiados para estudiarla; con el tema elegido, habremos de buscar una pregunta abstracta entre las muchas que pueda contener ese tema y luego, en ambos casos, encontrar la manera de anclar esas preguntas.

     Aconsejo también, con cierta cautela, que promovamos un flujo continuo –sobre todo si hemos de dedicar a esta actividad el resto de nuestros días– entre los métodos deductivo e inductivo. A veces nos atrapa un tema y lo queremos abordar aunque no sepamos aún cómo; a veces es una pregunta abstracta la que nos persigue. Yo he trabajo desde ambos extremos del espectro y nada malo me ha ocurrido. En ocasiones doy con un tema inesperado en los archivos –lugar de inspiración continua, para legos y profesionales– y busco lo general entre las particularidades de ese tema que me entusiasma. En otras ocasiones parto de preguntas abstractas y busco dónde implementarlas.

     Para mí lo más estimulante es cuando, partiendo de casos ancorados en lugares y momentos específicos, encuentro más de una pregunta abstracta que, intuyo, me permitirá exponer eso que me atrae de una manera que resulte también seductora para mis lectores. Buscar lo general en lo particular en las ciencias sociales equivale, mutatis mutandis, a perseguir, en la literatura, lo universal dentro de lo particular. Y ya que lo toco, mi postura es que debemos atraer a nuestros lectores si no mediante recursos literarios, sí a través de ideas claras y precisas. Esto último trato de consumarlo en el segundo de mis ensayos: diserté sobre un tema que me interesaba y me aseguré de escribirlo de la manera más amena posible. Pero las Memorias del expresidente interino Victoriano Huerta también me permitieron explorar la pregunta abstracta de cómo –o mediante qué mecanismos– un sistema de gobierno surgido de medios no necesariamente “democráticos” se autolegitima ante los miembros de la sociedad en que se desempeña.

     Esta pregunta de investigación abstracta la anclé en el México posrevolucionario (quisiera agregar fechas inclusivas pero sólo puedo asumir la del inicio: 1915). Mi situ de investigación estratégico fueron las supuestamente apócrifas Memorias del general Huerta. ¿Se basa un aparato gubernamental, para legitimarse, en un mito fundacional según el cual dicho aparato construyó una nueva sociedad a partir de la podredumbre de un antiguo régimen ficticio? Es decir: ¿inventa ese aparato un pasado oscuro que contrasta con la claridad del presente, o se basa en documentos existentes y los distorsiona para que parezca aún más real y tenebroso ese antiguo régimen y más corrupto quien lo encabezaba?

     La respuesta a esta última pregunta la encontrará el lector al final del segundo de mis ensayos: “Se buscan: las memorias ‘traspapeladas’ del general Victoriano Huerta”. Es allí que toco un asunto, espero que con suficiente claridad, que me ha preocupado durante años: el papel que desempeñan ciertos historiadores adeptos al “sistema” y cómo se prestan a legitimarlo. Asunto sin resolución a corto plazo y que crece y se desarrolla en todas las sociedades que conozco. Los factores de la historia oficial trabajan, las más de las veces, por razones políticas o pecuniarias. Eso poco importa; de más relevancia es que esos mismos factores le resten frescura a la historia, que la plaguen de lugares comunes, de mentiras (también comunes), y que alejen de nuestras páginas a lectores que en principio deberían interesarse por conocer más sobre el pasado de sus pueblos o de sus antepasados. Ceden estos gárrulos de la historia un espacio importante a la literatura (por lo general mejor escrita), además de que intimidan a los jóvenes historiadores cuando quieren explorar trillados temas y mirarlos contra la luz de nuevos documentos o de formas novedosas de interpretarlos. Este problema sí lo considero serio y por eso es que protesto y escribo contra la hechura oficialista de la historia.

Servando Ortoll

Todos los derechos reservados © 2019 - Servando Ortoll | Contacto