Dwight W. Morrow, embajador estadounidense en México

Dwight W. Morrow
rebelión cristera
Plutarco Elías Calles
relaciones entre México y Estados Unidos

 

I

Cuando recibí como manuscrito anónimo la obra de María del Carmen Collado Herrera con la solicitud de que la dictaminara para su posible publicación, no anticipé que tuviera entre mis manos la biografía defini­tiva de Dwight W. Morrow o, más concretamente, los resultados de un análisis detenido y escrupuloso del paso por México del exbanquero de Wall Street durante los años de peor agüero –si hablamos de política y diplomacia– en la década de 1920. Mi curiosidad fue creciendo confor­me consumía el manuscrito. ¿Quién podría haber escrito una obra tan bien cuidada e investigada? Antes de terminar mi lectura, me dirigí a la bibliografía en busca de pistas que me llevaran al progenitor o progenitora del libro que ahora examino públicamente. Fui descartando ciertos autores y selec­cionando otros cuya obra podría ligar con la que tenía conmigo.

No fue tan difícil inferirlo: la persona que por su temática, aunque no por el periodo que cubría, se aproximaba a la autoría de la publicación que reseño, era Carmen Collado. Si bien el resto de su obra profundiza en la historia económica anterior a 1920, Collado era la autora de un artículo sobre Morrow. Sin embargo éste no presagiaba la confección de una biografía como la que comento: una que resistirá la prueba del tiempo y permanecerá en­tre nosotros como ejemplo a seguir por otros historiadores.

Clasifico este volumen como un clásico en el género tanto por su original acercamiento biográfico a Dwight W. Morrow –el “hombre pequeño y casualmente vestido, con espejuelos ceñidos so­bre su nariz triangular y una manera sorprendentemente enérgica de anunciarse”[1]–, como por la exhaustiva investigación que reconstruye la vida de un virginiano de origen hu­milde, hasta ubicarlo ante nosotros como magnate de las finanzas y personaje de la política interna y diplomática de su país. Por investigación me refiero, aparte de las fuentes de primera y segunda mano que analizó, al diseño propio de su pesquisa: Carmen Collado se valió de documentos resguardados en archivos nacionales y extranjeros.

Entre los primeros y más obvios se encuentran el Archivo General de la Nación, el Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Fideicomiso Archivos Fernando Torreblanca y Plutarco Elías Calles; entre los segundos, los National Archives anteriormente de Washington, D. C. y ahora de College Park, Maryland, y los Dwight Morrow Papers (1877-1954) sitos en los Amherst College Archives and Special Collections, en Amherst, Massachusetts. Carmen Collado utilizó a fondo estos acervos y en buena medida su libro se basa en ellos; hasta donde puedo documentarlo, ella es la primera en citar palabras de la señora Morrow: las publicadas, pero también la correspondencia inédita que se encuen­tra en los archivos del Amherst College.

Carmen Collado consultó el Archivo de la Palabra del Instituto Mora, institución en la que labora; utilizó las clásicas entrevistas de historia oral de James Wilkie y Edna Monzón de Wilkie e, insatisfecha con estas fuentes, utilizó los testimonios de individuos que conocieron a Morrow, conservados por el Oral History Program de la Columbia Universi­ty. En Nueva York, y gracias a su interés por la fotografía histórica, se desplazó al Metropolitan Museum of Art para rescatar al menos una toma de la exhibición de artes mexicanas que tuvo lugar en el museo en 1930: imagen que aparece en su libro.

La misión detectivesca de Carmen Collado se amplió a las obras que examinó: selección que nos permite atisbar, aunque sea de manera superficial, cómo planeó su trabajo desde un inicio o, al menos, a qué autores consultó y dónde ubicó, en su libro, las aportaciones más pal­marias de cada uno. Obras de autores como las del economista Enrique Cárdenas –La industrialización mexicana durante la gran depresión o La Hacienda pública y la política económica, 1929-1958–, apare­cen citados en el capítulo que se refiere a “Las discordias en torno a la deuda externa”, pero se ausentan en el que Collado discute “Las reclamaciones, ¿un asunto... sin arreglo?” Esta selección y ubicación de la(s) obra(s) de ciertos autores demuestra que la autora cono­ce a fondo la bibliografía existente y sabe cómo y dónde servirse de ella para sus propósitos.

Libros adicionales que reflejan la forma que tiene de conceptualizar Carmen Collado, son: The House of Morgan. An American Banking Dinasty and the Rise of Modern Finance de Ron Chernow; The Ambassador from Wall Street. The Story of Thomas W. Lamont, J. P. Morgan’s Chief Executive de Edward M. Lamont; The Enormous Vogue of Things Mexican. Cultural Relations Between the United States and Mexico de Helen Felpar, y Cine y sociedad en México, 1896-1930, de Aurelio de los Reyes. Los dos primeros aportaron eviden­temente a su visión de Morrow y sus tratos con Thomas W. Lamont, de la J. P. Morgan; los dos últimos seguramente ayudarán a los interesados a entender el papel que desempeñaron las artes mexicanas durante los años vein­te, y que tanto atrajeron a Morrow y su familia.

II

En siete capítulos y un epílogo, Carmen Collado nos detalla la vida de Morrow y su experiencia diplomática en México, pero la organiza de una manera que será de gran utilidad y de fácil acceso para legos y especialistas: sus capítulos son temáticos, así que no se requiere (aunque recomiendo que se haga) leer todo el libro para entender su análisis de cuestiones particulares como la petrolera (capítulo III); las reclamaciones agrarias (IV); el conflicto Iglesia-Estado (V y VI) y, por último, el “desca­labro” que Morrow sufrió en torno a la solución de la deuda externa mexi­cana (VII). En cada uno de estos capítulos, la autora cuenta la historia de un problema diplomático e introduce al embajador en el momento preciso de su arribo a México y describe cómo encaminó sus gestiones para resolver el malentendido en turno.

El separar de esta manera los problemas diplomáticos resuelve una de las grandes com­plicaciones de la historiografía sobre la época: antes de esta publicación, muchos de nosotros ignorábamos que la presión de Estados Unidos en contra de México provenía de distintos grupos, con frecuencia rivales entre sí, y que reaccionaban a las políticas gubernamentales según se encontraran dentro o fuera de México.

Como ejemplos de esta aseveración menciono que fueron los banqueros de Wall Street y no los petro­leros quienes se convirtieron en “intermediarios útiles entre Washington y México debido a que no secundaban las posturas intervencionistas de los petroleros” (p. 31); de las compañías petroleras, la autora diferencia las oficinas centrales de sus representantes en México, y señala cómo las primeras actuaban de manera intransigente, mien­tras que los segundos aceptaban las resoluciones gubernamentales más fácilmente, o estaban más dispuestos a negociar.

De la obra aprendemos que el otrora socio de la casa Morgan sufrió un importante cambio en su carácter al momento de cruzar la frontera. Sólo así puede responderse a la pregunta que planteó la revista Time, cuando dio a conocer el nombramiento del nuevo emba­jador: “¿Cómo se las arreglará el intenso, poco convencional, eficiente pero a veces impaciente Mr. Morrow de la ciudad de Nueva York, con el Mr. Tomorrow tan carente de complicaciones, ineficiente y propenso a dejar las cosas para más tarde, de la ciudad de México?”[2]  Es cierto que el hombrecillo de canosos cabellos revueltos y anteojos ajustados que pinta la revista Time se aleja de la imagen que obtenemos al leer la obra de Carmen Collado, pero esto no debe sorprendernos. Morrow, quien desconocía el español y “el temperamento y psicología latinoamericanos”[3], rompió poco a poco –aunque decididamente– con sus exsocios de la Morgan, y se condujo cada vez más (en convincente apariencia al menos) como un repre­sentante de los mexicanos ante su país, y no como el embajador de Estados Unidos ante México. La clave de cómo ocurrió esta transforma­ción la encontrará el lector en la obra que reseño, pero deberá agrupar información diseminada a través de muchas de sus páginas.

Pese a la postura empática de Carmen Collado, su obra escaparía con facilidad a la crítica fulminante del autor ruso I. R. Lavretskii, quien en 1960 acusó a dos biógrafos de Morrow de pertenecer a la escuela historiográfica “burguesa” de Estados Unidos: los historiadores L. Ethan Ellis y Stanley Robert Ross. Del artículo “entusiasta” de Ellis, Lavrestskii deduce que el autor “distorsiona el papel del embajador estadounidense en los eventos de esos tiempos y lo representa casi como si fuera un conciliador desinteresado”. Continúa Lavretskii:

Morrow, lo señala [Ellis], estaba convencido que la solución de los problemas internacionales de México de origen doméstico dependía de que terminara la disputa entre la Iglesia católica y el Estado, que se había vuelto más tirante en julio de 1926, cuando la jerarquía católica, rehusando someterse a la legislación laica [...] suspendió los servicios religiosos y el clero tomó la ruta de la insurrec­ción armada. La jerarquía eclesiástica contaba con el favor de los reaccionarios nacionales y los monopolios norteamericanos y recibió su apoyo. Sin em­bargo, la acción armada contra el gobierno por parte de los “cristeros” (como se autonombraban los insurgentes clericales), no aglutinó el respaldo de las masas y, de hecho, se desmoronó.[4]

Pese a que Ellis atribuye “todas las virtudes posibles a Morrow”, según Lavretskii, no ocultó “hechos y detalles que claramente muestran la interfe­rencia cruda y directa del gobierno estadounidense y de sus representantes diplomáticos en los asuntos internos de México”. Según este mismo autor, Morrow obtuvo carta blanca por parte de su presidente para influir sobre Calles “en la tendencia apropiada”. Con dicha carta blanca, Morrow pudo entrevistarse con el padre John J. Burke, director de la asociación oficiosa de los obispos estadounidenses y así llegar a un acuerdo. Y lo demás, para Lavretskii, es historia. “Tras 18 meses de presionar a Calles, Morrow por fin logró los fines que deseaba. El go­bierno mexicano confirió concesiones significativas a la Iglesia y legalizó el movimiento clerical clandestino”.[5]

Ross no quedó mejor parado ante el escrupuloso Lavretskii, quien consideraba a Morrow verdadero “estorbo para la revolución mexi­cana”.[6] Ross concuerda con Lavretskii cuando afirma que Morrow transformó “la maquinaria callista, de ser un instrumento de reforma ¡a con­vertirlo en uno de la reacción!” Todo, con el afán de que México se transformara en “un vecino satisfecho, pacífico y exitoso”, siempre y cuando su gobierno abandonara “la idea de nacionalizar la tierra sin compensa­ción” y se olvidara de invadir “los intereses de los monopolios petrole­ros”. De ahí que Morrow propusiera cambiar la Constitución de 1917 que “proclamaba que los recursos del subsuelo [...] eran propiedad de la na­ción”.[7] Y ese, para Lavretskii, ¡era el hombre a quien los mexicanos veían como su “benefactor”![8]

Ni duda cabe que Lavretskii se aproxima al quid de la controversia diplomática entre los dos países; tampoco, que tergiversa lo aconteci­do: en cuanto a lo ocurrido a los cristeros (quienes lejos de perder la partida frente a su gobierno cayeron derrotados ante los obispos “paci­fistas”), y en cuanto a lo referente a la actitud de Morrow hacia Calles. El embajador estadounidense, según la visión más serena y acertada de Car­men Collado, tenía la certeza de que “los problemas bilaterales podrían solucionarse si el gobierno de Calles lograba afianzarse” me­diante la estabilidad económica y política (p. 90). En el caso particular de la guerra cristera, “Morrow se anotó una gran victoria al impulsar un modus vivendi que puso fin a un enfrentamiento bélico que costó la vida a 80 000 hombres”. Esto es cierto, pero la suya no fue una victoria con resulta­dos inmediatos: “La guerra dejó una herida de muerte: desolación en el campo, destrucción de templos, odio y divisiones que tardaron muchos años en cerrar” (p. 187).

Y sin embargo, con Morrow se dieron los primeros pasos para acercar a las dos naciones; suavizar las demandas de unos contra otros; apaciguar los ánimos de banqueros, petroleros y hacendados y, por encima de todo, ultimar una guerra sin sentido, dentro de México, en la que pelearon campesinos contra campesinos, sin entender las razones por las que andaban a salto de mata emboscando y cayendo ante las balas asesinas de máuseres anónimos.

III

“Rico y simpático garantiza buen diplomático”, con estas palabras se podría sintetizar la tesis de Carmen Collado, pues algo encierran de ver­dad: el ambicioso Dwight W. Morrow, que rechazó la presidencia de Yale University en aras de convertirse en estadista, se valió de sus fondos personales para allegarse de asesores que lo ayudaran a juzgar la situación económica de México y le permitieran esclarecer las leyes que regían al país a donde el suyo lo había acreditado. Sin sus fondos o los especialistas que éstos le permitieron contratar, hubiera entendido con enormes dificultades al país en el que se encontraba. Pero la otra dimensión en torno a Morrow –la de su “gran capacidad para rela­cionarse bien” (p. 36)– es igualmente esencial. Carmen Collado rescató anéc­dotas que exponen la personalidad simpática y emprendedora del nuevo embajador: “Morrow se ganaba el aprecio de sus interlocutores gracias a su bonhomía, su amena charla y sus habilida­des personales; sabía escuchar, argumentaba, pocas veces contradecía y nunca ponía cara de desaprobación, aunque no coincidiera con las opi­niones vertidas” (p. 64).

Lejos de enviar al personal de la misión a resolver asuntos diplomáti­cos, como lo acostumbraba su antecesor, Morrow se aparecía en las oficinas gubernamentales para indagar más sobre dichos asuntos. Tam­bién prefería la palabra hablada a la escrita: en vez de destinar memorándums a las autoridades mexicanas acusándolas de infringir las leyes, vulnerando así los intereses de ciudadanos estadounidenses, en persona buscaba resolver todas las complicaciones: tanto de tierras que afectaban a un compatriota en par­ticular, como los grandes atolladeros en que se encontraba enton­ces la nación mexicana. Siempre que pudo, Morrow buscó –con mayor o menor éxito– deshacer entuertos y malos entendidos, como los rela­cionados con la deuda externa de México, o el conflicto cristero que abrasaba en llamas buena parte del occidente mexicano. La propia autora lo dice: “existían visiones coincidentes entre los políticos” de las dos naciones; visiones que Morrow y los funcionarios mexicanos “aprovecharon para establecer una relación bilateral amigable, construc­tiva y fructífera para ambos” países (p. 19).

Al final de la lectura de esta obra, el lector se percata que la autora ha conducido su discusión sobre Morrow para iluminar otro tema, o más bien a otro individuo pre­sente a lo largo de esta historia: Plutarco Elías Calles. Al igual que los tripulantes del Apollo 8, que cuando circundaron la Luna para cono­cerla de cerca de pronto se percataron de la existencia de una Tierra nunca antes vista por el ojo humano, el lector se topa repentinamente con un Calles caballeroso, negociador y políticamente despierto. Un Calles, en suma, diferente al inflexible dictador enérgico, vengativo e inconsciente que conocieron los católicos mexicanos.

Así como la misión del Apollo 8 está conectada con la toma fotográfica Earthrise que muestra “una tierra pequeña y alejada, alzándose por encima del horizonte lunar”,[9] la obra de Carmen Collado debe enlazarse con la vida de Morrow pero también con la de Calles: un hombre que supo ele­varse (o descender, si se prefiere) a la altura del diplomático de Wall Street para solucionar o mitigar junto con él, y hasta donde fue posible, los más graves problemas que aquejaban entonces a la nación mexicana. Ya lo dijo Carmen Collado: Morrow “no logró resolver todos los asuntos que le confió la Casa Blanca cuando lo designó embajador, pero sí mo­dificar el tono de las relaciones entre los dos vecinos, acercándolos a un mayor entendimiento y cooperación por primera vez desde la revolu­ción mexicana” (p. 224).

 


[1] “Morrow & Tomorrow”, Time, 3 de octubre de 1927 <http://www.time.com/time/maga­zine/article/0,9171,730999,00.html> (Fecha de acceso: 4 de marzo de 2009).

[2] “Morrow & Tomorrow”, Time, 3 de octubre de 1927.

[3] “The New Ambassador”, Los Angeles Times (Los Ángeles), 27 de septiembre de 1927.

[4] I. R. Lavretskii, “A Survey of the Hispanic American Historical Review, 1956-1958”, The Hispanic American Historical Review, 40.3 (agosto de 1960): 340-360, en esp. 350. El artículo de Ellis que discute Lavretskii es L. Ethan Ellis, “Dwight Morrow and the Church-State Controversy in Mexico”, The Hispanic American Historical Review, 38.4 (noviembre de 1958): 482-505.

[5] I. R. Lavretskii, “A Survey”, 350.

[6] El artículo que discute aquí Lavretskii es el de Stanley Robert Ross, “Dwight Morrow and the Mexican Revolution”, The Hispanic American Historical Review, 38.4 (no­viembre de 1958): 506-528.

[7] I. R. Lavretskii, “A Survey”, 351.

[8] Ibid.

[9] Nell Greenfieldboyce, “40 Years Later, Apollo 8 Moon Mission Still Awes” <http:// www.npr.org/templates/story/story.php?storyId=98469063> (Fecha de acceso: 8 de febrero de 2009). 

 

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