Cuando hablábamos gorostieta

Enrique Gorostieta
guerra cristera
Heriberto Navarrete
Los Altos de Jalisco
veteranos cristeros

 

El rasgo de la Parker de tinta púrpura sobre el papel blanquecino simbolizaba mucho más de lo que a primera vista se advertía. Cuando los tres firmantes estamparon su firma ante los ojos complacientes del embajador y las miradas anónimas de varios militares y dos jesuitas, la suerte estaba echada. No de la Iglesia: de los católicos. Y no de todos: de los que andaban a salto de mata por el centro de la república. Antes de que se descorchara la Veuve de Clicquot y de que las burbujas se deslizaran con el líquido entre las cuatro copas traídas ex profeso, un general vestido verde olivo le susurró al oído a un subalterno: “luz verde”.

El militar giró sobre sus talones, abrió la puerta de la oficina y salió al aire puro de la ciudad. Aspiró de manera profunda, se alzó ligeramente la gorra, bajó las escaleras de Palacio a toda prisa y salió a la calle. Allí lo aguardaba un auto que lo conduciría a un lugar preciso, si bien desconocido. Arriba, desde las ventanas, los dos jesuitas, los ojos enrojecidos, vieron cómo el coche arrancaba. Lentamente le dieron la espalda a los ventanales y se acercaron a escuchar lo que los firmantes decían. Todos se mostraban complacidos: los dos obispos, el presidente en turno y el embajador. A lo lejos, muy a lo lejos, se decidía el futuro de la patria. Era el primer día de junio de 1929.

II

Más por el azar que por la técnica, llegué a un caserío viejo encaramado sobre una loma encrespada de Los Altos de Jalisco. Y más por intuitivo que por metodólogo arribé directo a la parroquia de San Francisco Javier Mina: híbrido nombre que satisfacía a católicos y a profanos: a los primeros por el “san” que habían mantenido del nombre original de su terruño (San Francisco de Asís) y a los profanos porque tenía el nombre del histórico Javier Mina.

San Francisco, pueblo olvidado de Los Altos –al que para llegar a sus pies, a inicios de los ochenta, había que descender de la cinta asfáltica y conducir por varios kilómetros de empedrado– albergaba a dos sobrevivientes de la emboscada de que fue objeto el general cristero Enrique Gorostieta. General de carrera que se desempeñó bajo Victoriano Huerta, Gorostieta con su gran sombrero de fieltro negro -la tropa lo llamaba “gorra prieta”- accedió a encabezar el levantamiento armado de los cristeros desde el noreste de Jalisco. Los dirigentes de la Liga Defensora de la Libertad Religiosa, coordinadores del alzamiento cristero y sitos en la ciudad de México, depositaron grandes esperanzas en Gorostieta. Estaban convencidos de que ganaría la guerra.

El cura J. Jesús González -conocido en la zona por su decir de que no había nada más bonito que dar misa con una 45 cuadrada bajo la sotana- había hablado cientos de horas con los dos sobrevivientes de ese día fatídico, y había cotejado una y otra vez sus versiones. Y eso era lo que repasábamos con ahínco. ¿Hubo o no hubo una traición a Gorostieta? Cabizbajo, como si se tratara de la celada a un pariente cercano repetía: “esas mantas rojas, colocadas en uno de los muros apartados de la propiedad... esos soldados llegados de repente, de sorpresa, a la tienda de la hacienda...”

III 

Tres días antes de los sucesos el mayor Heriberto Navarrete andaba cabizbajo y rezagado. Nada hacía reír al otrora jovial cristero de voz chillona, vistosa chamarra y sombrero negro, de fieltro y copa alta. Algo (o todo) le molestaba. Otros hombres que acompañaban al general en vano trataron de animarlo. Andaba el pequeño grupo quedo, evitando el ruido, caminando mucho de noche, escondiendo caballos y monturas donde se podía. Protegidos por un mundo arenoso pleno de caminos tortuosos, y comiendo a hurtadillas en los pocos ranchos habitados, los cristeros de Gorostieta peligraban y lo sabían: en Los Altos, zona de tierra roja, no hay árboles frondosos que oculten a un grupo de hombres sin norte y sin destino. 

Gorostieta también se mostraba apesadumbrado. Tenía noticias terribles, difíciles de compartir con los muchachos. “La guerra”, se decía entre dientes, “ya la perdimos. Nos entregaron. Tenemos las horas contadas”. Despuntaron las figuras contra el caer de la tarde. A lo lejos se adivinaba la humedad de una llovizna, mientras Los grillos inauguraban su sinfonía. Los hombres callaban y escuchaban el rasgar de las pezuñas cuando sus bestias pisaban la breña seca. No había otra alma.

Para Gorostieta, la picazón en los ojos que había iniciado esa mañana se tornó insoportable con la caída de la noche. Pero había que seguir, atravesaban territorio enemigo y los federales estaban al acecho. Una recompensa se ceñía sobre la cabeza del general cristero. Pero el ardor en los ojos “intensamente azules” de Gorostieta los hizo por fin parar antes de cruzar la vía del tren, tras de la cual entrarían a una zona libre de enemigos. Entre las 9 y 10 de la mañana ingresaron al patio de la hacienda de El Valle.

Todos recibieron órdenes de desmontar. Las bestias exigían reposo. Todos a quitarles las monturas y dejarlos pastando. El único caballo ensillado siempre era el de Gorostieta: nunca se sabía. Esa mañana el general, vestido en su traje de campaña (“pantalón de montar de paño gris verdoso, bota Chantilly de elegante corte, camisola de lana verde oscuro [...] un saco negro de piel de borrego; al cinto una carrillera lisa de la que pendía un revólver 38 especial en una sencilla funda de cuero; sombrero de fieltro negro, de ala no muy ancha”[1]) pidió de comer cabrito –Gorostieta venía de Nuevo León– mientras reposaba, los ojos cubiertos y los oídos al acecho.

Los soldados de Cristo salieron a buscar la presa. Otros pasaron a fumar y a conversar frente a la tienda de la hacienda, una casa contigua a la casa grande, pero no comunicada con ésta por dentro. La mañana avanzaba. De pronto –nadie los esperaba– llegaron los soldados por la parte trasera de la finca. Los muchachos, sorprendidos, sacaron sus pistolas. Pero los soldados eran muchos, y sus balas envolvieron a la hacienda y a todo lo que la rodeaba, en un torbellino de plomo y pólvora.

Con el portón todavía cerrado, Gorostieta brincó sobre su caballo. La borrasca de balas azotaba los gruesos muros de adobe. Varias veces abrieron y cerraron el portón: imposible salir. Por fin, al agrietarse por unos segundos la ráfaga de la metralla, Gorostieta se precipitó con su alazán: brincó el parapeto de piedra que cerraba por delante el corredor que daba a la salida y saltó al espacio abierto. Tras él se arrojaron dos hombres que no siguieron sus pasos: ellos viraron sus corceles a la derecha, hacia donde se distinguían unas manchas rojas, sobre un muro de piedra. Antes de que las figuras se difuminaran en la distancia, alguien gritó: “¡Ahí van Valdés y Navarrete!”

IV

Era de día y me tocó llevar al cura González a una de las lomas cercanas a San Francisco Javier Mina. El cielo estallaba con su azul radiante, y las camionetas de viejos cristeros nos seguían en caravana. Íbamos a rememorar a los caídos. Atrás llevábamos a un hombre armado –después lo supe– que era nuestro guardaespaldas, “por si regresan los traidores”. “Todos los años”, me explicó el cura, “vienen los sobrevivientes armados, a la espera que se aparezcan los dos confabulados, los que saltaron a sus caballos esa mañana y se dirigieron a las cobijas rojas de los muros de la hacienda. Si se exhiben, los matan”.

En la misa, entre mezquites secos por meses sin gota de agua, nos pidió el cura que rezáramos y pidiéramos por la lluvia que tanto necesitábamos. Alcé la vista no para dirigirme al Todopoderoso; más bien para otear el horizonte. Ni una nube asomaba sobre nosotros. Cerré los ojos y sonreí. Cuando los abrí, apenas segundos más tarde, la tormenta nos lanzó a carrera abierta cerro abajo, buscando dónde refugiarnos. Nadie pareció sorprendido ni expresó palabra alguna.

El agua nos había calado hasta lo más hondo, pero todos actuamos –yo también– como si nada anormal hubiera ocurrido. De regreso en la parroquia, con una taza de café y unos huevos revueltos con papa, discutimos de nuevo a Gorostieta, aquel hombre de barba cerrada tirando a rubia, que traía un enorme Cristo colgado al cuello y que adoraba comer cabrito tatemado. Acompañaba a la noche una brisa suave, llana, y en la distancia se escuchaban los bramidos de los torton, que cuesta abajo corrían rumbo a Atotonilco, provenientes a buen seguro de San Francisco del Rincón. En esa noche tibia de junio, pese a que hizo llover de la nada, el cura González se veía desanimado. A lo lejos se oyeron truenos, como de bala.

V

El alazán de Gorostieta había caído y el general trató, sin fortuna, de escapar a pie disparando sobre los soldados. De pronto el ciclón de metralla que envolvía la hacienda terminó como había empezado. El silencio ensordecía. Adentro, en la hacienda, nadie entendía nada. Los cristeros estaban a la espera de otro ataque cuando oyeron un “¡ríndanse cabrones, ya se acabó todo!” A ese ríndanse siguió el desconcierto. Unos soldados mostraron las alforjas del general, empapadas en sangre (del caballo, después se supo) y uno a uno sus fieles cristeros depusieron las armas. Como a las 5 de la tarde, los aviones militares arrojaron millares de volantes por todo Los Altos con la nueva de que en el pueblo de Arandas se exhibiría el cadáver de Gorostieta.[2]

Pero adentro de la hacienda de El Valle, fuera de saberse de la muerte del general, las noticias no cundían. Treinta y tantas horas pasaron arrestados los colaboradores cercanos de Gorostieta, dentro de un tanque de agua. Horas que dañaron para siempre las piernas de muchos de los detenidos. Luego vinieron los interrogatorios. Durante semanas vivieron los prisioneros horas inmensurables. A fines de junio los periódicos trajeron a Los Altos las noticias: ¡los “arreglos” habían llegado! Los detenidos no tardaron en ser amnistiados. La guerra había terminado.

Epílogo. De don Luis Valle, uno de los sobrevivientes a cargo del garañón de Gorostieta, guardo recuerdos íntimos. Su mujer, que barría el patio de su casa a oscuras, me invitaba a comer calabacitas con crema y tortillas. Con don Luis, como con el cura, hablamos mucho de Gorostieta. Las noches frescas de verano, sobre las lomas, se alzaba la figura opaca del general errante con su gran sombrero de fieltro negro a escudriñar los campos en busca de sus delatores.

Yo escuchaba una y otra vez los relatos de esa mañana imprecisa de junio cuando el militar cristero, cegado por unos ojos al rojo que le quemaban y con un afán de cabrito tatemado que le perforaba las entrañas, se enfrentó a su último destino. Todo eso, y que se puede hacer llover si uno se empecina, lo aprendí en esa zona de Los Altos de Jalisco, mientras hablábamos gorostieta.



[1] Heriberto Navarrete, “Por Dios y por la Patria”: Memorias de mi participación en la defensa de la libertad de conciencia y culto, durante la persecución religiosa en México de 1926 a 1929 (México: Editorial Tradición, 1980), 162.

[2] Ibid., 243.

 

 

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