Under the Tabachin Tree

Under the Tabachin Tree
Colima en los setenta
racismo
malinchismo.

Por si no lo sabían, los mexicanos somos sucios, salvajes, imbéciles, asesinos, ruidosos, borrachos, perezosos, mentirosos, testarudos, primitivos, indigentes, analfabetas, buscapleitos: todo esto lo teje, lo afirma, lo enreda, lo descompone, una viejecita norteamericana de vista torpe, espalda encorvada, de blusa a flores y con lo que parece artritis avanzada. He nombrado a Celia Wakefield, autora del libro "Under the Tabachín Tree: a New Home in Mexico" (Berkeley, California: Creative Arts Book Company, 1997).

Celia Wakefield, vivió en Colima y en Villa de Álvarez de 1975 a 1977, con el callado de su marido Bill (ya fallecido), profesor jubilado de la Universidad de Berkeley y su perro Sam (también jubilado). Desde su salida de Berkeley hasta su arribo a Colima (pasaron los viajeros por San Diego, “Sonoito”, Nogales, Mazatlán, Guadalajara para llegar a “Colina”, según un inexacto y rudimentario plano que aparece al inicio del libro), los Wakefield observaron de cerca las características exóticas de los mexicanos: su extraña forma de vivir, su desdén por la existencia desahogada y el dinero (salvo si se trataba de aduaneros corruptos), su amor por lo fácil, la comida grasienta, el tequila destilado y las siestas prolongadas. Por supuesto que se entiende por qué los mexicanos estamos como estamos.

La resuelta señora vivió entre unos tontos colimenses que mostraron con constancia su retraso intelectual; impusieron su presencia constante sobre su familia y su sagaz perro, y trataron a los tres extranjeros como a sultanes. Solo por eso, para la autora, eran colimenses deleznables. En una palabra los mexicanos –en particular los colimenses que les rindieron pleitesía– eran tan torpes como los norteamericanos (me resisto a llamarlos “gringos”, para no caer víctima del juego racista de la viuda Wakefield) inteligentes.

A esta señora de apariencia inofensiva y atenta, le irritaba la parsimonia mexicana; le confundía la forma de actuar –o de dejar de hacerlo– de los trabajadores colimenses (hay ejemplos de todos tipos para quien se interese por abordar el libro: yo no lo recomiendo), y la mareaba la constante presencia de los trabajadores a su alrededor. Debemos sentir lástima por los tres extranjeros que se mudaron de una primera casa (a medio terminar) en una zona distinguida de Colima, a una segunda en Villa de Álvarez donde no pagarían renta (o el dueño no se las cobrabría) antes de que todo quedara en condiciones óptimas de funcionamiento.

De allí que "por un tiempo" los Wakefield no estuvieran solos (mi traducción es libre): "teníamos al electricista, al plomero, al carpintero, al ventanero, y al maestro por compañía cotidiana" (página 66). ¡Sufrieron tanto los Wakefield!

Tómese otro ejemplo de cómo pueden padecer los forasteros en tierras colimenses: "En Villa de Álvarez el bolero grita, el voceador de periódicos vocifera, los tempraneros camiones cañeros cambian de velocidades justo bajo la ventana de la recámara" (página 69). ¿No sería bueno retribuir todos los sufrimientos por los que los pobres e incomprendidos Wakefield pasaron?

Pero no todo era ruidos horripilantes. “Hay sonidos con significado”, explicó la ahora experimentada viuda: “un bicicletero que tañe un cencerro anuncia un camión de basura. Un campanilleo de Blanca Navidad avisa la llegada de conos de nieve, otra cancioneta, la de refrescos; otra más, al hombre que trae pescado fresco todas las semanas”. (página 70).

¿Es la vida tan ingrata en Villa de Álvarez que pudo parecer insoportable? Las quejas ininterrumpidas de esta señora me hicieron sentir una desmedida compasión por su esposo, aunque entiendo que Sam, el perro de casa, no la pasó tan mal por estas tierras de primaveras y tabachines.

La estrategia que Wakefield utilizó para elaborar este libro fue la de pensar en todos los posibles estereotipos que pululan sobre nosotros en las mentes estadounidenses y colocar frente a ella el recuerdo de uno o varios de los colimenses que conoció durante su estancia.

Su lenguaje también es estereotipado: usa tantos clichés como imágenes sin vida. Salvo por una o dos escenas rescatables este libro es prescindible: su autora, de manera irresponsable (o suicida), busca destruir su escrito por todos los medios.

En el que indudablemente es el mejor de sus capítulos, Wakefield habla de un "señor Zaragoza", dueño entonces de la hacienda de El Carmen. La autora busca, siguiendo su estilo, el peor de los ángulos del dueño y del capítulo, para destruirlos: Wakefield retrata a una esposa molesta ante las excéntricas manías de su marido, quien deseaba mudarse a vivir, ¿lo pueden ustedes creer?, de la ciudad de Colima, a un lugar tan oprobioso como lo era El Carmen...

El de Celia Wakefield es un asombroso ejemplo del repugnante racismo que florece contra nosotros (y los nuestros que habitan tierras estadounidenses), entre los “blancos” norteamericanos. Yo confieso que no pude atravesar el libro: no llegué más allá de la página 90 (el libro consta de 121, más el retrato de la señora Wakefield) y estuve a punto, en más de una ocasión, de tirar la obra, con todo y foto de la autora, al cesto de la basura.

No recomiendo este libro para nacionalistas o localistas exaltados. No sirve además para sostener otros libros; es imposible matar con él insectos de cualquier tipo o tamaño y no debe ser regalado a potenciales enemigos nacionales o extranjeros (pueden recibir ideas equivocadas de quiénes somos y cómo vivimos).

Como seguramente no me creen (yo tampoco me creo, cuando leo lo que he escrito sobre este librillo), permítaseme citar a alguien que alabó a Celia Wakefield. Se trata de Diane Capito, autora de "San Antonio On Foot"; la suya es la visión americana: "En Bajo el tabachín Celia Wakefield trae a la vida los suspiros, sonidos y olores de México. Su enfoque filosófico y humorístico hacia la jubilación en ese país [léase México], desde casas sin terminar, electricidad intermitente y carestía de agua, hasta el rebuzno de los burros y el silbido de los trenes, es puro entretenimiento".

Celia Wakefield parece tener un terrible odio por la vida. Si buscó eliminar para siempre recuerdos perturbadores del pasado al escribir este libro de excepcional acritud, el suyo fue un intento frustrado: no alcanzó la catarsis que anhelaba.

Años después de haber radicado entre colimenses, Celia Wakefield guardó su odio hacia los hijos de la región y nos legó un libro que habla más de su rencor por la existencia de culturas –y personalidades– diferentes a la suya, que de lo divertido y amable que pudo resultar la vida en Colima y Villa de Álvarez entre 1975 y 1977: tiempos ya idos (disculpen ustedes mi romanticismo), cuando la "modernidad" todavía no mutaba el transcurrir tranquilo y colorido de un estado incólume como el de Colima.

[Una versión anterior la publiqué en el periódico "Ecos de la Costa" (Colima) a fines de marzo o inicios de abril de 2000. Leí este libro porque el editor Enrique Ceballos pensaba publicarlo en español y me pidió que lo revisara. Después de mi reseña, Enrique desistió. Celia Wakefield me recuerda muchísimo al presidente norteamericano, todavía en funciones. O a la "masa" que lo apoya ciegamente].

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