El estilo de la American Psychological Association (APA)

Conectado con el plagio está, en las ciencias sociales, el uso constante del estilo APA. ¿En qué consiste y por qué ha resultado tan popular en México? Pues bien. Se relaciona con la manera desordenada de muchos científicos sociales. Uno de ellos puede recoger un libro, ojearlo por encima y decidir que tiene cosas que le interesan y picar aquí y allá y solamente citar el título del autor y, cuando mucho, el año de publicación.

Yo me he pronunciado siempre en contra del APA aunque sus defensores afirman que es lo más cercano a lo "científico". Puede ser. Pero... ¿a quién se le antoja "acercarse" a lo científico? ¿Será más científico el artículo de un autor si utiliza el impersonal, la voz pasiva, oraciones extensas y el APA? Yo digo que no. El autor (considérese "científico" social o no) debe mostrar de dónde provienen sus fuentes. A quién leyó y a quién evitó. Pero por encima de todo: ¿usó el autor las palabras de otro o solo sus ideas? Muchos piensan que al parafrasear evitan el plagio.

Pero parafrasear (cambiar las palabras originales de otro autor por las propias) no es algo que se dé de manera automática. Se debe saber cómo parafrasear y pocos saben cómo hacerlo. ¿Creen esos autores que parafrasear es fácil? Yo sigo una norma aprendida desde hace décadas de que cualquier grupo de siete palabras que siga el orden del autor original debe entrecomillarse. Así sabe el lector qué dijo quién. Parafrasear es complejo y yo leí dos libros sobre el tema para explicarlo a mis estudiantes. ¿Cuántos de mis lectores que son también autores, lo han hecho? Pregunto.

Tuve, en la Universidad Autónoma de Baja California a un estudiante que, por error acabó como mi asesorado de tesis de maestría. Digo por error por dos razones: sin que yo lo supiera, ya estaba decidido quién sería el asesor oficial. No lo supe porque entonces la maestría estaba unida con la de El Colegio de la Frontera Norte. Cuando me autopropuse como su asesor (el anterior había desistido) nadie dijo nada. Pero además de que estaba ya "comprometida" su asesoría, era imposible asesorarlo.

Una y otra vez le pedí que leyera ciertos libros o artículos; una y otra vez acudía casi llorando a mis colegas. En menos de 10 minutos tenía a mi puerta a esos colegas diciéndome: "dale chance, Ortoll, él quiere titularse pronto". Esa presión de pares era tan constante como terrible. Traté también que el estudiante –Mario Bogarín– usara el estilo Chicago con notas al pie de página. Así podía saber con claridad qué autor, qué libro, publicado en qué ciudad, por cual editorial, en qué año y de qué página había tomado el texto. Pero también fue imposible.

No se me malinterprete. Considero a Mario Bogarín una persona muy educada. Pero... ¿cuidadoso con sus textos? No estuve seguro hace una década, ni lo estoy ahora. Cada vez que Mario hipaba, colocaba en el texto un "Weber" o un "Durkheim" entre paréntesis. ¿Cuál Weber o cuál Durkheim, preguntaba yo? Nunca obtuve respuesta. ¿Leyó directamente a esos dos sociólogos o a otros que leyeron a otros que leyeron a otros que leyeron a Weber o Durkheim? Lo ignoro, pero eso es lo que asumí entonces. ¿Cuál es el problema de fondo? Para mí, que seguramente que las ideas originales de ambos autores se perdieron en el ir y venir de lectores.

La única forma de saber si mi estudiante leyó directamente a Weber o a Durkheim, ya lo dije, hubiera sido que citara correctamente de dónde sacó las palabras o las ideas de esos dos u otros autores. Entonces, con la calma que otorga el estar encerrado en un cubículo, podría cotejar originales con lo que había escrito mi estudiante. Pero no: con su forma de citar en APA (Weber: 1980) yo no podía reconstruir los pasos que mi maestrante había dado.

Tuve finalmente que creer que había leído a esos y otros autores y que había parafraseado de "manera correcta" lo que había leído. La verdad me encontraba molesto. No era cuestión de ego, era cuestión de honestidad. Pero se llegó el día de la defensa y estuve por reprobar a mi estudiante. El entonces coordinador del posgrado, una persona más serena que yo, recomendó que me abstuviera. Que se "vería muy mal" si "mi asesorado" aprobaba por mayoría en vez de por unanimidad.

A mi pesar abandoné mi idea original. Mario Bogarín aprobó por unanimidad y hasta el día de hoy me arrepiento de no seguir mis impulsos originales. Hubiera sido por su bien. Hace dos o tres años, recordando mi experiencia, le pedí a mi prestadora de servicio, que escaneara, al azar, dos páginas de esa tesis de maestría que, por su puesto, mi exestudiante había publicado en forma de libro. Este fue el resultado: en las páginas 72 y 73 que mi auxiliar escaneó aparecen, entre paréntesis, las siguientes menciones (Baudrillard, 1999): dos veces en la página 72 y otras dos veces en la 73. En esta última página aparece un (Rheims, 1962).

Qué tanto de lo que Bogarín atribuye parentéticamente a Baudrillard pertenece a Baudrillard y qué tanto a Bogarín sería, en principio, fácil cotejar. Pero... ¡significaría leer a Baudrillard (1999) por completo! Otro tanto respecto a Rheims. ¿Tiene un profesor el tiempo de leer cada uno de los libros que su estudiante cita para asegurarse que no plagió? ¿Lo tiene el lector? Ahora releo a Bogarín y dudo que los párrafos sean suyos. Regreso al original lo que era un ejemplo de cómo no citar con APA y por qué no hacerlo, se convirtió en algo mucho más interesante o frustrante, según lo vea mi lector.

Cuando comparé las dos menciones ([Baudrillar, 1999] y [Rheims, 1962]) con la bibliografía, esto fue lo que encontré:

Baudrillard, J. (2007). Crítica de la economía política del signo. México: Siglo XXI.
_________. (1973). Cultura y simulacro. Barcelona: Kairós.
_________. (2007). El sistema de los objetos. México: Siglo XXI.
_________. (1988). Selected Writings. Cambridge: Mark Poster.

Llamé a mi auxiliar y le pregunté cuál de estos cuatro libros era el que citaba Bogarín en las páginas 72 y 73. Apuntó a uno. "¿Estás segura?", le pregunté. Vio de nuevo y constató que ¡entre las obras citadas en la bibliografía, no existía una publicado en 1999! Y ¿qué puedo decir del otro libro ([Rheims, 1962]) que aparece citado en la página 73? Esto aparece en la página 153 del libro:

Rheims, M. (1963). La vie etrange des objects. París: Le Seuil.

No preguntaré si Bogarín lee francés. Pero advierto que "étrange" lleva un acento agudo, que no aparece en la bibliografía. Pero lo que importa para lo que discuto respecto al APA es que –de nueva cuenta– el Rheims que Bogarín cita en la página 73 es de 1962 y ¡no de 1963! Es muy posible que si el autor hubiera colocado sus notas al calce hubiera notado estas dos erratas cruciales.

Para mí esto es revelador. Si yo quisiera, por ejemplo, probar que Bogarín plagió al primero de los autores, se me complicaría. Dado que no provee el título del libro que cita en la página 72, tendría que leer cuatro libros, asumiendo que no existe un quinto que Bogarín olvidó citar. Lo mismo ocurriría con el libro de Rheims: tendría que leerlo para ver si Bogarín citó sin entrecomillar a Rheims, si lo parafraseó o si nunca los leyó. ¿Hipó Bogarín y colocó su nombre allí? No me sorprendería.

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